Gloria Steinem —renombradísima feminista radical de la segunda ola— dijo que «sin saltos de la imaginación, o soñando, perdemos la emoción de la posibilidad. Soñar, al fin y al cabo, es una forma de planificar». Y yo al escucharla creo que si alguien tuviera que definir en pocas palabras el Coaching Psicológico Feminista (que por cierto es el título del dissertation de mi postgrado en Londres), esta frase debería aparecer en la primera línea.

Hoy me he levantado pensando en aquello que dijo Gloria. En cómo habló de la posibilidad como una emoción y no como una estructura estática, otorgándole cariz de sustancia viva, algo así como una llama. Su legado es mucho más grande que este, pero bien mirado este ya es enorme.

La idea de que tu mundo de posibilidades se abre ante ti en forma de emoción cuando te atreves a soñar alternativas a la realidad presente resulta literario, pero a pesar de la floritura es también muy ajustado a lo que en tu mente ocurre cuando abres esa puerta.

Para comprender en su totalidad esta idea es necesario explicitar de qué está hecha la imaginación.

 

¿De qué se conforma nuestro mundo de posibilidades?

Construimos nuestro universo de posibilidades por medio de experiencias. Estas experiencias son directas o vicarias: las escuchamos, las vivimos en primera persona, las percibimos desde la otredad. Alcanzan nuestros sentidos en forma de historias leídas o escuchadas, de vivencias íntimas conscientes e inconscientes; caen en nuestro foco de atención de una manera u otra para imprimir una huella que dura por siempre.

Aquí un par de ejemplos.

Si desde muy pequeña mi juego se centra en exclusivo en aquello dedicado al cuidado del hogar y de los otros —los bebés, las cocinitas, el escobón—, mi universo de posibilidades se construirá en base a diferentes términos a los de otra niña que desde edad temprana ha sido expuesta a diferentes formas de juego —bebés, cocinitas y escobón, que son juegos positivos para niños y niñas por potenciar lo simbólico y lo imprescindible, pero también los teatros, los disfraces, los coches, la construcción o cualquier otro.

Si, además, durante mis años de formación, mi contacto con el mundo está filtrado de manera constante por la mirada del otro (the male gaze)—qué aspecto es preciso tener, qué ropa, cuántos kilos o qué maquillaje me supone más o menos susceptible de sufrir bullying o de ser, por el contrario, aceptada para ocupar espacio público por mis iguales— mi universo de posibilidades será muy diferente al de aquella niña que crece sin presiones tan obvias de arquetipos impuestos: que se siente libre de indagar su identidad en sus mil caras y formas, de utilizar la imagen como una manera de explorar sus libertades y no como un yugo al que someterse.

Tu mundo de posibilidades se cimenta sobre todas las narraciones en las que has participado en lo que llevas de vida. Las historias de las mujeres a las que has tenido acceso, aquellas con las que puedes identificarte por algún motivo: las de tus primas, tu madre y hermanas; las de los cuentos que leías de niña, las letras de las canciones que coreabas en la adolescencia y tus propias experiencias previas.

Muchos de estos mensajes nos llegan de un contexto que también somos nosotras, pero en el que siempre tenemos una voz más tenue. Es nuestra responsabilidad el formar parte del cambio presente y futuro, del individual y el colectivo en la medida de nuestras capacidades y circunstancias vitales.

Hace unos días tuve la oportunidad de escuchar en una conferencia a Nancy Doyle, quien está implementando un programa de Coaching Psicológico en Londres aplicado al campo de la neurodiversidad. Sus reflexiones sobre la discapacidad renovaron en mí los votos de la psicóloga que tengo el compromiso de ser: «¿Es este cliente ‘discapacitado’? —dijo—, y si lo es, ¿quién o qué lo está discapacitando?».

Nos es urgente entender que como profesionales — como personas— tenemos la necesidad de apoyar a nuestros clientes, pero también la obligación moral de retar a un sistema que es demasiado rígido para acomodarnos a todos. Y aquí es donde se unen feminismo y psicología, individuo y contexto. No basta con empoderar al individuo, hay que pelear por cambiar las reglas, por aumentar y flexibilizar la emoción de la posibilidad de nuestros clientes.

El mundo de posibilidades que se acaba por crear alrededor de una, como una órbita de emoción en constante agitación que vibra a una determinada frecuencia, determina no solo quien se es en el momento presente, sino quién se puede llegar a ser. Y lo que es aún más importante, lo que las mujeres de nuestro alrededor y las que nos siguen detrás de cerca creen que podrán ser.

Con amor,

MF


 

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