Os escribo desde mi nueva vida, cuyo aspecto luce más o menos así:


                                                                         
Os envío la foto con la esperanza de que entendáis mi larga ausencia: con estas vistas he tenido, y aún tengo, verdaderas dificultades para concentrarme en la página en blanco. Pero moría de ganas de sentarme a escribiros un poco.

También influye que en el momento en el que os escribo cuento 33 semanas de embarazo. Eso implica un sinfín de circunstancias: que ya me es necesario estirar los brazos para alcanzar el teclado, que la cabeza me va a pedales, que aguanto aproximadamente medio cuarto de minuto sentada, que entre esta línea y la anterior he parado a comer -no es broma esto- un par de veces…

El caso es que el embarazo supone un verdadero estado de excepción psicológico y físico para la mujer, y esto que os cuento es solo una muestra estúpida de las muchas situaciones que lo atestiguan. 

Hoy quería hablaros justo de esto. La idea era escribiros un post, pero me da muchísima pereza editarlo y ponerlo bonito, y además siento que esto es demasiado privado para exponerlo en la web, así que me lío la manta a la cabeza y desde aquí os lo mando. 

Allá van estas 5 reflexiones desordenadas que espero os aporten algo:

1. Tras escribir un libro sobre feminismo (´Feminismo terapéutico´, Ed. Urano), he experimentado culpa durante muchos momentos de mi embarazo: por no estar a la altura de la promoción al no sentirme ya al cien por cien, por verme enorme y querer apartarme del espacio público que en mi mismo libro tanto reclamo, por no creerme capaz de entrar en cada discusión sobre política y machismo de los últimos días y soñar con subirme el edredón hasta la cabeza y despertarme de nuevo en 2020, cuando todo haya pasado.

2.  El conflicto femenino nos viene de afuera a adentro, y en este sentido el feminismo no debe suponernos nunca un yugo, puesto que vino para liberarnos: Me siento hinchada, poco atractiva, me asusta la báscula y no me hace ni pizca de gracia ver el tamaño de mis tobillos. Esta situación solo la empeora lo mal que en ocasiones me hace sentir darle tanta importancia a síntomas tan nimios cuando estoy gestando una vida (¡una vida!) dentro. Me repito que una feminista no debería preocuparse del peso y del aspecto físico en demasía, y que toda la teoría que he estudiado en los últimos años debería haberme liberado de las preocupaciones estéticas, y entonces me recuerdo que si estoy diciéndome esto es porque nada he aprendido: los impactos de la educación patriarcal nos afectan mucho más allá de las simples incoherencias teóricas, puesto que constituyen un sustrato emocional desde el cual filtramos nuestras experiencias conscientes e inconscientes.

3. Los sistemas de productividad están diseñados por y para los hombres: No hay manera humana de que podamos rendir al mismo ritmo cuando tenemos vómitos, la progesterona por las nubes, sangrados en el caso de la menstruación, en ocasiones con tremendos dolores. Cuando nosotras somos las que cargamos con nuestros hijos en el vientre, las que sufrimos abortos, las que los amamantamos. La culpa y la vergüenza por no estar a la altura son poderosas armas para que siempre tengamos que apretar el doble.

4.  El sistema reproductivo de las mujeres constituye la base de la opresión patriarcal. No hay más que ver los nuevos programas políticos para entender el peso que tiene el control de nuestros cuerpos en los objetivos de dominación. Yo hace unos años leía este tipo de frases y pensaba que la gente estaba muy flipada. En serio. Pues bien, ahora soy yo la que las formulo, y te invito a que, si te suenan demasiado fuertes, les abras la puerta por un momento: aunque solo sea para comenzar a masticarlas.

5. A pesar de lo anterior, o más bien además de lo anteriormente dicho, el embarazo me ha descubierto una fuerza en mí, casi primitiva, que hasta ahora desconocía. Me ha reconciliado con miedos antiguos y ha relativizado todas las incomodidades por las que la mente y el cuerpo han ido pasando. Me siento fuerte y calmada, segura de que mi cuerpo sabe lo que está haciendo. Por primera vez en mi vida he conseguido sentarme en el asiento del copiloto sin necesidad de controlar cada pequeño asunto. También la mayoría de los días lloro de felicidad: siento una ternura que nunca antes había sentido. Cambio de humor cada tres minutos, y los enfados se me pasan muy muy rápido.

6. La experiencia de gestar a mi primer hijo me ha reafirmado en una idea con la que hasta ahora solo había conectado de manera teórica: el cuerpo de una mujer es solo de una. La gestación subrogada no es solo una barbaridad, sino una tontería como un castillo. Nadie en su sano juicio pasaría por un proceso como este sin tener necesidad (algunos aún piensan que lo único que ocurre durante estos nueve meses es que te crece la barriga), y las consecuencias psicológicas para el bebé y la mamá gestante son a menudo ignoradas por los que defienden este argumento. Con el aborto y la libre elección de ser o no ser madre, más de lo mismo. Nuestro cuerpo es solo nuestro y aún me asombra cuántas personas muestran verdadero interés en seguir legislándolo.

Ahora vivo en Málaga y no en Londres. Me pregunto en quién se convertirá esta nueva María: cómo este nuevo contexto moldeará ambiciones, sueños y ansiedades, y generará nuevas estructuras y cimientos desde los que construir renovados sistemas de creencias, diferentes lupas desde las que reinterpretar las distintas realidades.  No sé qué habrá en esta newsletter los siguientes meses, pero espero que tengas ilusión, como la tengo yo, por ir descubriéndolo.

Y con estas reflexiones tan ligeritas, vamos acabando.

En fin. Se acerca el fin de año y yo que en todo empiezo.

Cuidaos mucho y no dejéis de escribirme, que me encanta leeros y siempre trato de contestaros a todas.

Con amor,
MF

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