Acabo el año a las puertas de la maternidad, que me trae las primeras reflexiones sobre qué significará educar en general y en el feminismo en particular.

Poco a poco y tras mucha masticación, comienzo a caer en la cuenta de que se parecerá mucho a inculcar y nutrir el pensamiento crítico (¿no os parece que lo hemos perdido un poco-mucho en esta era de la posverdad?).

En 2018 nació Feminismo terapéutico y meses después de su publicación continúo con una sensación parecida a la que tuve cuando lo escribí: que no lo tengo todo claro. Que me asaltan las dudas cuando hablamos categóricamente del binario biología/educación, cuando discutimos sobre el concepto de transgénero y sobre si nos conviene o no combinar luchas, cuando dividimos las taxonomías de manera tajante en izquierda y derecha. Tampoco me siento del todo cómoda con algunas nociones básicas: la idea de que a las mujeres no se las pueda llamar directamente machistas, sino colaboracionistas del machismo ya que -supuestamente- ellas no pueden beneficiarse del sexismo, o con que los hombres deban ser aliados feministas y no feministas sin prefijos.

Me siento genuinamente incómoda con la fiscalización del feminismo. Siento que me aparta, que no problematiza con suficiente rigor.

Mantengo mis reticencias con la decadente prostitución de la palabra empoderamiento, o con que el feminismo deba defender la libertad individual de cada mujer, la ejerza esa mujer para lo que la ejerza, o con que todo se solucione con solo educación, o solo terapia, o nada más que leyes.

Y no, el feminismo no puede abrazar cada una de las definiciones que sobre él vertimos, ni todas las posturas que nos parezcan razonables, porque como hace unos días defendía Ana de Miguel en un brillante artículo de El País: ´Cuando todo vale, nada vale´. Pero lo que el feminismo sí que debe abrazar, en mi opinión, es el debate, la reflexión continua. El pensamiento crítico.

A las puertas de la maternidad, mi intención es educar a mi hijo en estas orillas. Deseo que Santiago abrace determinadas inconsistencias, cuestione las versiones blancas y negras, los binarios impuestos, las verdades absolutas siempre desde la compasión y el respeto. Que ponga empeño en la deconstrucción de aquello que se le arroja por sistema. Querría que entienda y acepte sus privilegios y que además actúe en consecuencia (fácil, ¿no?). Pretendo que no se ponga en la primera fila de los debates que no han cortado sus alas, pero que agite esas banderas con aplomo, orgullo y propiedad.

Quizá eso es para mí educar en feminismo.

Y para cerrar este círculo que hoy os propongo, quiero todo eso y también lo otro: que no sea laxo en sus reflexiones, que no haya tibieza cuando desarrolle su sentido de la justicia, que se moje y se manche las manos en el barro. Que no ría las gracias de los que no la tienen, que sea valiente en sus opiniones, que no se case con nadie.

Esta es mi extraña lista de objetivos para este año, los primeros pasos de lo que espero y deseo sea un largo camino. Ya veis que tengo tarea. También tengo intención de matricularme en un máster, volver a ponerme en forma con el yoga, retomar la escritura y comenzar un ensayo. Pero eso ya suena mucho menos interesante, mucho más mundano.

2019 promete ser un año diferente, un año nuevo lleno de nuevas curvas, nuevos capítulos por escribir, nuevas inconsistencias que masticar y muros que derribar.

Si puedo invitarnos a algo antes de que acabe este año es justo a eso: a que no perdamos la compasión y el pensamiento crítico. A que eduquemos el ojo y ejerzamos la resistencia mental, a que no nos lo cuelen todo, a que hagamos un esfuerzo consciente y activo por acercarnos juntas y juntos a un mundo más inclusivo, más diverso y más humano.

¿Cuáles son tus objetivos para este año que entra?

Nada más. Feliz Navidad.

En 2019 más y mejor.

Mil gracias por acompañarme en este camino, juntas somos el cambio.

Con amor,
MF

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