Un tema común que ronda mi escritura es la conformación de la identidad desde el anclaje que proporciona el suelo del contexto: cómo construimos quiénes somos dentro de una esfera que impone expectativas, criterios, conflictos.

Le daba vueltas a este concepto cuando nació este texto:

Ahora es diciembre de 2010, hago mi última estancia como estudiante en el Hospital de Día de El Tomillar, que en solo unas semanas me calificarán con matrícula de honor. Aquí pongo en práctica la teoría que he aprendido en los últimos años de universidad: criterios psicopatológicos, evaluación y diagnóstico, síntomas y signos.

Aún hoy doy las gracias por cuánto aprendí aquellos años sobre la mente y sus escondrijos.

Pero volvemos a 2010. Cuando comencé mis estudios de psicología, muchos años antes de eso, buscaba respuestas desde mi realidad concreta, aunque cuando por fin me licencio siento que las piezas no encajan del todo y que muchas de las preguntas iniciales siguen sin respuesta. Aprendo a duras penas a honrar los diferentes acercamientos, a valorar la sabiduría que nos ofrecen los diferentes enfoques terapéuticos tratando siempre de no tropezar con dogmas, a evaluar con ojo crítico lo que de un lado y otro cuentan, pero continúa faltando algo.

Ya es 2015 y cuento algunos años en Inglaterra. Londres ha cambiado las normas, los paisajes y el lenguaje. Las distancias lícitas entre persona y persona, el tono de las conversaciones, la manera en la que nos presentamos al mundo, los códigos en el relacionarse. Y con todo esto, yo me enfrento a una María que es en casi todo nueva: esta pista me descubre un hilo del que tirar y pone luz sobre aquello que estoy buscando.

Pasan los años y en medio, en la misma ciudad, pertenezco al comité ejecutivo de una organización que trabaja con mujeres migrantes y con mujeres víctimas de violencia de género. También dirijo una línea de ayuda para personas que pasan por crisis de salud mental y un proyecto alucinante de psicoeducación en el campo del abuso. Ahí me decido a comenzar a trabajar con clientas de manera privada: mujeres que buscan su voz como en su día lo hice yo.

Londres me descubre todas estas realidades y yo siento que cada persona que toco, cada situación a la que me enfrento desdibuja y vuelve a perfilar mis propios bordes. Londres cambia mi contexto y al cambiar este, yo me expando. Me redefino. Cambio.

En el momento en el que escribo esta newsletter el calendario marca el 8 de enero de 2019. Estoy de 38 semanas, como atestigua esta foto:

Vivo en Málaga desde hace unos dos meses. Son las 11 de la mañana y me he levantado pensando en todo esto: en cómo ha sido mi camino el que me ha descubierto la necesidad de lograr un profundo conocimiento del contexto.

En cómo somos unas personas u otras no solo en función de nuestros propios esfuerzos y decisiones individuales, sino en función de nuestra educación, nuestra familia, la sociedad en la que crecimos, nuestro color de piel y nuestro sexo, entre otros.

De nada nos sirve a los profesionales del crecimiento personal y la psicología trabajar con mujeres sus conflictos si perdemos de vista esto. Sin entender el contexto, las capas, los privilegios, estamos abocados a seguir enviando a nuestros clientes mensajes injustos y absolutamente faltos de perspectiva, y lo que es peor: a realizar intervenciones que nunca serán del todo eficaces por ser siempre incompletas.

Igual vosotros no sois psicólogos ni trabajáis en un campo parecido al mío y os preguntáis si esta reflexión es aplicable a vuestro caso. Mi opinión es que lo es. Es nuestra obligación como ciudadanos del mundo, como profesionales, como seres humanos el aterrizar lo que parecen conflictos individuales y volcarlos dentro del marco al que pertenecen, aunque solo sea porque es la manera más consciente y directa de alimentar la empatía.

Y quizá alimentar esa empatía es lo que más necesitemos hacer todos este nuevo año que entra.

Y con esto os digo: Feliz 2019.

Empezamos.

Con amor,
MF

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