Hace unos días os planteaba en una de mis newsletters la importancia que tiene el que seamos capaces de no tener siempre visiones claras acerca de determinados temas. De cómo en ocasiones ciertas problemáticas necesitan de espacio y de tiempo para que nos definamos, y cómo incluso una definición definitiva puede no ser necesaria en todo caso.

Hoy quería compartir con vosotros uno de esos temas a los que yo misma le estoy haciendo espacio aún sin saber exactamente dónde me posiciono al respecto:

¿Debe la ficción ser moralizante?

Ya sabéis, y si no lo sabéis ya os lo cuento yo, que una de las especializaciones que tuve el privilegio de cursar en Londres fue en Psicología Narrativa. Aprendí directamente de la mano del que era mi supervisor clínico, el Dr Ho Law, cabeza fundamental de la corriente narrativa en UK, quien se formó, a su vez, con el único e inigualable Michael White en su centro de Adelaide, Australia.

La psicología narrativa se ha convertido desde entonces en una lupa desde la que interpreto el mundo y mis clientes, una malla que me proporciona un nuevo sustrato, una manera más básica y concreta de entender el funcionamiento humano.

La narrativa en psicología nos enseña cómo las personas estamos formadas por historias: aquellas que subrayamos y contamos y que conforman el núcleo de lo que queremos mostrar, aquellas que ocultamos y disminuimos; las historias que hemos embebido de la ficción, las que hemos incorporado en nuestra visión del mundo a través del ambiente. Todas estas historias nos atraviesan y acaban por conformar nuestra identidad.

Pero basta de teorizar, nos aburrimos

Mi película preferida durante los años de mi infancia fue La Sirenita —¿alguna más por aquí? —. Cada viernes noche la veía con mi hermana Blanca, que debe ser la hermana con más paciencia que a una pueda tocarle. Nos sabíamos todas las canciones, las cantábamos permanentemente.

Hace unos días me topé con la letra de la canción que Úrsula comparte con Ariel en el momento en el que por primera vez plantea el plan magistral que ha urdido para acercarle al príncipe, Eric, y que consiste nada más y nada menos en que renuncie a su voz. Os copio solo un pequeño párrafo, pero os animo a buscar la canción entera:

«Los hombres no te buscas si les hablas,
no creo que los quieras aburrir…
Allá arriba es preferido
que las damas no conversen
a no ser que no te quieras divertir.
Verás que no logras nada conversando,
a menos que los pienses ahuyentar…»

La letra de La Sirenita sería anecdótica si no fuera porque no lo es. Este mensaje, en el cual no quiero centrarme porque nos sacaría de esta reflexión que requiere de más perspectiva, lo hemos escuchado las mujeres un millón de veces.

Pero el tema es el siguiente: La ficción tiene un poder indiscutible en la conformación del universo de posibilidades de un niño y ahora, a las puertas de la maternidad, no puedo evitar el pensar en cuánto debo filtrar y en los peligros per se de establecer filtros.

¿Es educar censurar?

¿Debe la ficción ser moralizante?

¿O quizá es más sensato abrir ciertos debates a posteriori? Fomentar la discusión, el análisis crítico de las obras una vez hemos sido expuestos a ellas. Al fin y al cabo, no podemos protegernos de todo, y si hay un arma que de veras nos protege es justo esa: la capacidad de analizar de manera crítica el material con el que se nos enfrenta.

Cuando pienso en todo esto me viene a la cabeza Woody Allen, uno de mis directores favoritos de la historia del cine. Amo sus guiones, su realización, la sensibilidad que muestra en la impecable fotografía que siempre presenta de Nueva York. ¿Podemos separar al artista de su arte? O mejor aún: ¿Debemos separar al artista de su arte? Tras años al mando de un proyecto en el campo del abuso sexual infantil en Londres no puedo sino sentirme culpable al poner una de sus películas. A decir verdad, ya no pongo sus películas. Y no lo hago porque no he llegado a una conclusión definitiva a este respecto.

Me pregunto —os pregunto—: ¿Es esa la solución? Por una parte entiendo que es justo y necesario problematizar ciertos esquemas (el machismo, el racismo) dentro del contexto histórico en el que se presentaron, de otra manera tendríamos que destruir de un plumazo el ochenta por cierto del material construido hasta hace muy poco. Basta con irse diez años atrás para caer en la cuenta de lo fácil que era hacer ciertos comentarios en series, libros, películas y no ser siquiera cuestionado por ello. ¿Podemos en cada caso separar al artista de su obra? ¿Debemos hacerlo? ¿Cuál es nuestra responsabilidad individual en todo esto? En el seguir encumbrando genios sabidamente abusadores, misóginos, pedófilos y el continuar regalándoles un espacio de fama, poder, orgullo y privilegios con nuestras elecciones.

No tengo una respuesta clara a todo esto. Me interesan vuestras opiniones, así que recordad que podéis compartirlas justo aquí abajo.

Y con esto, acabamos. Hoy estoy justo de 40 semanas, así que si me ves desaparecer ven a buscarme a mi Instagram que seguro que por allí sí que os cuento algo.

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Comentarios (2)

  • Como en otros ámbitos, pienso y siento que estamos en un gran momento de transición y a mi al menos se me hace difícil no separar a la persona que habita en el artista de su arte en sí (me pasa igual que a ti con W. Allen). Personalmente considero un ejercicio necesario y muy útil el analizar con ojo crítico aquello que pasa por delante de nuestros ojos y crear conversaciones, diálogos, debates en torno a este tema. No tengo hijos, pero me imagino el millón de interrogantes que pueden llegar a abrirse ante la puerta de la maternidad. Tal vez educar con este ojo crítico, generando conversaciones en casa donde todos puedan opinar sobre lo que se ve y consume audiovisualmente puede ser una manera de fomentar desde pequeños la reflexión y el discernimiento. Te deseo total entrega en tu viaje al planeta parto, donde no hay tiempo, espacio ni reglas.
    • Gracias, Maga, por tu contribución. Yo también encuentro difícil separar artista de obra, pero a la vez tengo miedo, en determinados casos, de juzgar demasiado rápido y perderme lo que no tendría que ponerme. El tema de la censura, además, tiene mucha miga. Creo que el planeta embarazo (donde no hay tiempo, espacio ni reglas) me está preparando poco a poco para el planeta parto. Estoy deseando dar el salto a este siguiente momento del proceso. Un abrazo grande. MF