Me encantan los aeropuertos. Viajo cada dos meses, a veces cada mes, así que supongo que es un amor de conveniencia. Me gusta llegar con horas de antelación para facturar las maletas con calma, desayunar con dos cafés, uno detrás de otro, pasear por los escaparates, mirar las caras de cansancio de los viajeros y al final, antes de entrar en la cola de embarque, acabar perdida donde sé que Gonzalo siempre acaba por encontrarme.

Y esta entrada no va de aeropuertos, sino que, como ya sospechas si ya eres parte de esta familia, va de dos de nuestros temas más recurrentes en este blog: va de libros y va de sueños.

Resulta que quien me conoce bien sabe dónde buscarme allá donde yo me pierda: en la sección de libros de cualquier quiosco, de cualquier puestecito, de cualquier aeropuerto; tocando los relieves de las portadas, oliendo el pasar de las páginas en el canto, comparando títulos, colores por géneros, leyendo contraportadas y sinopsis.

El caso es que Gonzalo siempre sabe dónde voy a estar, y cuando me viene a recoger para sacarme de allí y evitar que me enganche demasiado, siempre me encuentra de la misma forma. Y entonces él me mira, yo le miro y siempre salto con la misma cantinela: «Un día mis libros van a estar en todos los aeropouertos».

Yo lo digo medio en broma, como se dicen todas las cosas que uno piensa medio en serio, pero él no se inmuta. Y de lo que vengo a hablaros no es de mis tendencias megalómanas —que como con lo de antes, los que me leéis ya sabéis que las tengo—, sino de la importancia de rodearnos de personas que no se rían de nuestros sueños. Nunca, ni una sola vez al escuchar el comentario y los muchos del tipo, me ha insinuado que existía la posibilidad de que aquello no ocurriera, de que debía cuidarme de soñar muy alto para así prevenir batacazos. Nada de eso. Siempre me ha sonreído y me ha dicho que claro que sí, que él lo sabe, y me ha animado a seguir trabajando. Tan sencillo como eso.

Huelga decir que igual mis libros acaban en los aeropuertos e igual no lo hacen, pero hay algo que es claro, y es que no concibo perseguir mis sueños rodeándome de gente que le pone candados a mi ambición, que se avergüenza, o peor, me hace avergonzarme a mí. Y pienso que no me habría nunca atrevido a acabar mi primera novela si mi hermana me hubiera dicho que la primera versión de Un nudo tras otro no valía un duro —y ya os digo que no lo valía—, si mi familia o mis amigos no me hubieran animado a abrir el blog, no hubieran creído que por qué no, que también yo podía hacer lo que otros hacen, conseguir lo que otros consiguen.

Y como me he levantado hoy pensando en eso, justo eso os quería contar hoy. Que es buen día para que borréis de la agenda a esa persona que siempre os hace sentir ridículos, para romper esa relación con quien sea que te dice que eso que sueñas —solo tú sabes lo que es, ese sueño loco que todos tenemos— no va a ocurrir nunca. De verdad, cortad el lazo. No necesitáis a nadie así en vuestras vidas. Que ya es suficiente luchar contra los demonios propios. Hacedme caso y no esperéis para esto a mañana, deshaceos de esa persona ya: hoy es un buen día.

Con amor,

MF