Sin voz

—No tienes que hablar si no quieres.

La voluntad había perdido la batalla en algún momento de los últimos meses. Quiero hablar, quiero querer al menos. Pero las palabras se me diluyen a la altura de la garganta y llegan a la lengua esparcidas en balsas de ideas obtusas, garabateadas en lienzos sucios.

—No tenemos ninguna prisa. Tómate tu tiempo.

Tras los ojos, el telón se desploma en un fundido a negro. Se me coagulan las ansias.

—Simplemente piensa en cómo te sientes.

Simplemente. Tan fácil. Rebusco con brazos lentos, pesados. Levanto mis oídos para escuchar el latido pardo, revuelvo bajo la base del olfato, que tantos recuerdos atesoró durante el camino. Pero tampoco aquí hay nada. Sujeto los párpados con la fuerza de cien hombres y me obceco en el intento de articular la primera palabra. Una sílaba sola tal vez. Pero una ola grande de nada entró hace ya por la puerta, y fui yo quién abrí, ya quisiera culpar a otro. Y todo es gris desde entonces. Hace ya que la belleza del dolor dejó de acariciarme con sus dedos insinuantes. Todo ahora es blanco, o negro, plano, opaco. Es áspero y viejo y respira fatigoso como un pez fuera del agua. Es nada, es vacío, es espejo de muerte.

—Puedo oírte al otro lado. Déjame entrar, debe haber una rendija si nos has llamado.

Quizá un rayo deforme y descolorido en algún lugar de mi cueva abdominal. Por entre las costillas más altas. Allí donde está oscuro y ver, escuece. Allí donde lo enterrado aprieta los dientes y aguijonea con fuerza.

Quizá aquí haya una rendija, quizá sí.

—No trates de pensar, solo siente.

Retiro las telarañas que cuelgan de mis huesos con manos de cirujano, y ahora recuerdo. Recuerdo el dolor, limpio y purgante, y la presión tajante y fría de un bisturí abriendo la carne, que penetra y me deja expuesto, vencido.

Y ahora lloro, porque siento. Y ahora siento, porque lloro. Y es un mal dulce que me da fuerzas, y lloro más entonces. Y es tal mi alivio, que siento el estómago despegarse y los tobillos perder el ancla. Las letras alzar sus hombros y la lengua lubricárseme.

—Dime algo, cualquier cosa —dice la voz, que paciente descansa al otro lado.

—Ayuda —digo al fin—. Ayuda.

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