No te merezco

No puede ser.

Estas cosas solo les pasan a otros. A otros más altos, más guapos, más esbeltos. A otros más… otros.

Pero desde luego no a mí.

A esos que veo caminar desde la ventana de mi pequeño estudio de Lavapiés, con garbo y natural aplomo. Hombros al cielo y brazos con ritmo al andar. A esos seguro que les pasan este tipo de cosas. A esos cuya sombra se eterniza en las aceras y se imprime en el asfalto cuando los rayos atacan horizontales en la tarde. A los que el pelo les brilla lustroso, los dientes relucen como perlas y los papeles verdosos les rebosan las carteras.

Yo, que de lo posible y lo probable hace ya tiempo que me hice un traje a medida de mis miedos. Que no soy cobarde, pero menos aún valiente. Yo, que bien sé qué sí y qué no. Y esto, desde luego, no. O no a mí, al menos.

Vuelvo a mirar y ahí sigue, frente a mí, impermeable. Exactamente igual que la última vez que comprobé. Ríe y habla y come y se mueve ajena al vals de calaveras que danzan macabros sobre mi frente. Aunque ella no parece verlo.

Acudo a mi propio entierro noche tras noche, con la frente al suelo y preparado para la estocada. Pero ella me consiente, se acurruca en mis ojos y, levantando un solo dedo infalible, me absuelve. Una y otra vez. Y aquello nunca deja de sorprenderme.

Será que algo hice bien, muy bien, en otra vida. No en ésta, tan seguro estoy de eso. O que no existe tal cosa como el karma, y una suerte que no conozco, y que no merezco, me regala estos ratos: un remanso de paz en medio del infierno, un oasis de júbilo entre reinos furiosos.

No te merezco, pero así de puta es la vida. Si en nosotros estuviera, los niños tendrían vetada la entrada a los cementerios, y aún más a las tumbas. La enfermedad no sería más que un cuento chino y las pistolas escupirían flores y baladas. Nadie tendría el estómago abultado no más que de aire, sintonizaríamos el tiempo con el mando a distancia y volveríamos al patio del colegio cuando el cuerpo nos pidiese tregua.

Pero el karma no existe. Ni este mundo es justo, ni uno siempre tiene lo que se merece. Y yo, por una vez y en bajito, mastico el placer culpable de quien sabe tener el boleto ganador sin siquiera haber jugado una partida.

Y ella de nuevo me mira, y su mirada desafía la balanza de la justicia. Hincho mis hombros hacia el cielo y nos vamos a la cama con el gusto dulce y amargo en los labios, a sabiendas de que al final todo perece, de que nada dura para siempre.

Comentarios (4)

Deja un comentario