Domingos nuestros

Segundo día de agosto.

Me he escapado de la cama a hurtadillas y he agarrado el albornoz que anoche dejaste colgado de la puerta, cuidándome de no despertarte. Me he acercado descalza al sofá, y al abrir la ventana del salón ha entrado de golpe, como un abrazo frío, un perfume mojado.

Ha llovido, y nada huele como lo hace la tierra mojada. Quisiera castigarme por la falta de sofisticación de mis gustos, pero quién se resiste a esa brisa que desprende la lluvia de esta ciudad, que no es cualquiera.

Tú sigues allí dormido, que para eso es domingo, y yo me he sentado aquí sola, pensando, o más bien sintiendo, que justo este instante es el mejor que jamás tendré. Y quiero escribirlo, fotografiarlo y agarrarlo con manos decididas, para que no se me escape cuando la rutina me vuelva a limar los sentidos.

Tú estás allí, tan en paz, sin que nada perturbe tu sueño. Y yo te guardo, desocupada, sin más actividad que la de saberte desde lo lejos, dejándome embelesar por lo mucho que juntos hemos conseguido.

Miro a mi alrededor y pienso que esta casa es casi un mausoleo de logros. Una radiografía viva, una fuente de la que brota, o de la que brilla, todo lo que hemos alcanzado.

Las copas de cristal morado que nos compró mi madre aquel día, y con las que hace poco brindamos con el vino que beberemos en la boda. La televisión que tanto y tanto miraste antes de que pudiésemos permitirnos, y que un día apareció por casa con la promesa de que por fin despegábamos. Y la abrazabas, cariño, abrazabas la televisión. Porque el esfuerzo aprieta pero la recompensa es tanta.

Miro también la cocina, donde siempre me sacas a bailar. Recuerdo cuando nos visitó Laura, que nos dijo que desde afuera debían de vernos siempre. Y la culpa la tienen estas ventanas gigantes que ocupan los salones ingleses y que nosotros los españoles nos empeñamos en abrir. Me divierte pensar lo mal que bailamos y lo poco que nos importa.

Sigo descalza, y siento en los pies la caricia de nuestra alfombra blanca. Si antes hubiera sabido cuántas noches nos íbamos a dormir juntos en ella, antes la hubiera comprado. Me hubieras convencido mucho más rápido de habérmelo dicho.

Oigo cómo ha cambiado de compás tu respiración, y sé que esta música nueva anuncia que comienzas a espabilarte.
Me acerco a cerrar la ventana pero inspiro una vez más el olor a temprano de Londres, con el sonido de sus pájaros y la vista del hollín sobre los tejados.

Llego al cuarto y tus ojos están cerrados, pero yo sé que no duermes. Me conozco bien el juego y sus reglas, así que me escurro entre las sábanas como una serpiente resbaladiza y, dejando caer mis párpados, me tapo hasta el cuello.

—Estoy dormido —me dices.

Aprieto los labios y tú te ríes.

Cuánto me gustan estos domingos nuestros.

Comentarios (2)

  • Hola María! Como siempre, no defraudas. Precioso relato. Más que relato es poesía narrada. Qué maravilloso es tener la capacidad de saber apreciar el momento vivido verdad? Ser conscientes en ese mismo instante de que no se volverá a vivir, a SENTIR, ese mismo instante. TEMPUS FUGIT. UN ABRAZO!
    • Hola María! Gracias por tus críticas siempre generosas. En relación a tu comentario te diré que, personalmente, tanto me cuesta a veces pararme a apreciar lo que tengo como otras me cuesta el no hacerlo. Y es que de vez en cuando la vida me sorprende en cualquier esquina y me recuerda, muy de frente, cuánta suerte tengo. Y cuando eso ocurre no hay mérito que yo pueda atribuirme, simplemente sucede. Escribirlo es mi forma de dar gracias, porque como te digo, no me faltan los motivos. Un abrazo grande! :)

Deja un comentario