Desayunos en el cielo

Boom.

Trato de abrir los ojos, pero están pegados. La nube de polvo araña la entrada de mis párpados apretados, y noto el sabor a sal cuando llega a mis labios. Estoy llorando.

Con manos de gelatina tanteo el espacio. Una barra a mi derecha. Metal quizá, metal frío. Algo cuadrado, mullido en el otro flanco. Es suave. Creo que es un asiento, o un cojín. Los brazos me tiemblan torpes, y son mis dedos los primeros en notarlo. En el suelo, justo en el sitio donde estoy de pie ¿Estoy de pie? Está mojado. Un líquido denso, caliente, viscoso, bañando el suelo. Hundo las uñas en el charco y noto las palmas empapadas.

Es el olor el que me da una pista. Huele a que es roja, y oscura, y trae malos presagios. Huele a enfermedad, a debilidad, a piel rota. A sangre.

Me trago un grito callado y aguzo el oído. Un único pitido afilado cruza mi cabeza, viajando en su camino recto de una oreja a otra, atravesando con él mi cráneo y la masa blanda. Sintonizo un poco más. Alguien chilla. Y no soy yo.

—¡Mi pierna! —dice—¡Mi pierna!

Un segundo, ¿a qué huele?

 

7.36am de undíacualquiera. 2015.

El olor a quemado me sacudió mientras me aplicaba la última capa de máscara de pestañas.

Otra vez quemando putas las tostadas.

—¡Cariño! —grité escaleras abajo— ¡Que vas a quemar la casa, joder!

—Voy, ¡voy! —me dijo él en respuesta—. Si alguien me ayudara un poco y no necesitase tres horas cada mañana para acicalarse igual no quemaba nada.

—De puta madre.

Cerré el bote de máscara negra de mala forma y metí el neceser en el primer cajón de mi tocador. Con tantas cosas desordenadas, se atrancó en la esquina al tratar de cerrarlo.

—¡De puta madre! —grité con más fuerza, empujando con mi rodilla.

Miré el reloj del cuarto antes de bajar corriendo. En menos de quince minutos tenía que estar en el tren o llegaría tarde a la reunión con mi jefe. Y bien sabía lo que pasaba cuando osaba a llegar dos minutos tarde. Blablablá no te tomas esto suficiente en serio. Blablablá fulanito parece sí tomárselo. Blablablá que te den mucho por el culo, pensé.

—Las tostadas —me dijo buscándome los ojos.

Las había raspado para quitarles la capa ennegrecida, y había untado mantequilla por encima. Estiré la mano, pero dudé. Resistí el impulso de cogerlas, no quería desenfadarme. Me lo había ganado. Quería regocijarme un poco. Llevaba razón en esto, joder. Siempre era la misma historia. Cualquier día iba a quemar la casa con sus jodidos despistes.

—¿Es que quieres que no entre por la puerta de la entrada? Llevan dos quilos de mantequilla.

Resopló y las dejó en la mesa.

—Vida —me dijo agarrándome la cara a dos manos—. Deja esa mierda de trabajo. No te gusta, tu jefe no te valora. Déjalo. Ya nos las apañaremos. Mírate. —Forcejeé para salirme de sus brazos pero él apretaba con más fuerza, tratando de abrazarme —. No merece la pena estar así.

—Qué fácil es todo —dije huyéndole la mirada—. Te veo luego.

Me puse la chaqueta, y salí corriendo. Pero no había llegado a la esquina cuando los pies me pararon en seco. Di tres zancadas atrás y abrí de nuevo la puerta.

—¿Olvidas algo?

Me acerqué cabizbaja y le di un beso.

—Te quiero —le dije—. No me eches cuenta cuando me pongo así. No me aguanto ni yo.

Él sonrió, con aquella misma sonrisa con la que me había conquistado ya ocho años atrás y que seguía calentándome las entrañas cada mañana. En silencio. Con los pequeños gestos. Los de todos los días. Las miradas con idioma propio. Los abrazos eternos. Los besos. Sus besos.

Salí otra vez y corrí hacia la estación con la lengua seca. Con suerte iba en tiempo.

Suerte, cuántas caras tienes.

Boom.

Pólvora, huele a pólvora.

Gritos por todas partes. Polvo, olor a fluidos de cuerpos derramados. No sé si tengo los ojos abiertos, pero está oscuro. Siempre pensé que, llegado el caso, me invadiría el miedo. Pero yo no tengo miedo. No es miedo.

Tengo pena. Pena por tantas cosas. Por este aire, que no está limpio. Porque no sé si voy a volver a ver el sol. Porque no olí suficiente las flores los últimos años. Porque no conseguí nunca que me gustara la salsa de tomate. Porque debía haber cuidado mejor a mis amigos. Porque no dejé dinero a aquel señor que dormía a la entrada de la boca de metro. Dios sabe cuánto llevaría sin llevarse a la boca un plato caliente. Porque tenía tanto trabajo las navidades pasadas que decidí no volver a casa en Diciembre. Porque debía haberme esforzado menos. Tenía que haber bailado más.

Pero hay una cosa que chilla más alto que las otras. Otra vez la sal en los labios, y es que tengo pena. Mucha pena. Si de algo me arrepiento, es de no haberme comido esta mañana las tostadas. Aprieto más los ojos en busca del olor a tostadas quemadas. Y su llegada me reconforta, me calienta las tripas. Las mejores tostadas del mundo.

Una punzada me desgarra el costado. Duele tanto que me mareo. Trato de abrir un poco los ojos y por fin veo. Borroso, pero veo. Brazos, piernas, cuerpos. Personas que fueron y ahora ya no. Aparto las náuseas y busco un camino. Me aprieto el dolor con ambas manos y me tambaleo con dificultad, buscando una salida del vagón. Afuera el panorama no pinta mejor.

Gris, todo es color gris.

—¡Ayuda!

—¡Socorro!

Giro mi cuello como puedo pero me es imposible localizar las voces. Quiero ayudarles, suenan peor que yo. Quién va a ayudarles si no. Y cada vez duele más. Me miro las manos y entonces me doy cuenta. La falda era blanca, la camisa era verde. Ya no. Toda mi piel cubierta en sangre y localizo la herida.

Y cada vez duele más. Y cada vez huele más. Y cada vez oigo menos. Y otra vez el pitido y las voces de fondo. Caigo sobre mis rodillas, y la cama de pequeños cristales casi roza el hueso. Siento a mi cuerpo hundirse más y más hondo, colándose en caída libre por un agujero negro. Los párpados que se me cierran y se hace la noche. Y ya no hay nada. Nada. Y nadie puede salvarme.

El túnel, puedo sentirlo. Mi cuerpo tumbado y mis pies por delante. Lloro porque no me quiero ir, y me queda tanto por hacer. Tantos sueños por cumplir. Lo veo entonces, claro y meridiano: una luz cegadora que vigila con fuerza el final del túnel.

Y entonces lo oigo. Irregular al principio, pupúm..pupúm……..pupúm. Está ahí, puedo oírlo. Suena de nuevo. Cada vez más fuerte. Pupúm. Pupúm. Alto y claro ahora.

Pupúm. Pupúm. Pupúm. Pupúm.

Casi llegamos a la luz y noto los dedos de mis pies rozar aire nuevo. Abro los ojos pero no reconozco las caras. Pero sé bien qué está ocurriendo. Ya lo entiendo todo.

—Tiene latido —dice uno de los enfermeros que sujeta mi camilla a la salida del metro.

Ve mis ojos abiertos y se dirige a mí.

—Te vas a poner bien, ¿me escuchas? —me dice con voz cálida—. Estás viva. Y la herida no es mortal. Sé que te duele, pero vamos a cuidar de ti. Te vas a poner bien.

Muevo los labios pero no puedo hablar. Gracias, quiero decir. Gracias. Noto las orejas mojadas, y es que sigo llorando. Pero ya no es de pena. Estoy viva. Tengo otra oportunidad.

Reposo en la camilla durante una eternidad mientras los sanitarios atienden a los otros heridos de más gravedad. Tengo la mente plana y hace rato que no pienso en nada. Oigo a la gente correr de un lado al otro mientras descanso del dolor gracias a los jeringazos que me han puesto al salir.

—¡Vida!

Reconocería su voz en el infierno.

—¡Mi vida! —grita otra vez.

Lo veo correr hacia mí con ojos inyectados en angustia. Me abraza fuerte y el dolor es dulce. Sigo muda, y empiezo a temer haber perdido la voz.

—Creía… creía que –dice entre sollozos—. Dios. Estás bien, mi vida. Te vas a poner bien.

Me voy a poner bien.

Muevo los labios y nada sale.

Me agarra la mano y me la besa.

—Te vas a poner bien. Todo va a salir bien.

Asiento y creo notar una sonrisa levantarse en mis labios.

—¿Quieres beber? Dime. ¿Qué puedo traerte? ¿Qué necesitas?

Apenas puedo vocalizar, pero él reconoce mis palabras al primer intento.

—Tostadas —digo a media voz—. Tostadas. Con mucha mantequilla.

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