Cuando acabes esta entrada, no me digas que no te avisé de que esto ocurriría: La historia que te voy a contar hoy puede cambiarte la vida. Es la historia de una heroína que comenzó con poco, la de una villana que se reinventó a sí misma. Es la historia de una mujer con alma de artista, de una coleccionista de cuentos, de la niña de los mil miedos que acabó por lanzarse en paracaídas. Esta historia puede ser la tuya y es también la mía.

Mi pasado solo es interesante en tanto en cuanto perfila ciertos aspectos del presente de esta historia. Aclarado este aspecto, valga comentar: una chica de pueblo, para lo bueno y lo malo; un puñado de problemas de los complicados; cuatro hermanos, padre y madre, dos perros. Todo bien hasta que un día, sin entrar mucho, todo mal. Todo un lío: enredos, oscuridad, música de violín roto. Espacios, puntos seguidos, frases sin mucha chicha.

De ahí al presente. El presente de esta historia tiene colores y texturas, raramente blanco o negro. Todo bien y todo mal son conceptos que aquí suenan muy lejos. Días mejores, regulares; raramente malos. Alguno. La protagonista de esta historia lleva capa y desayuna gachas de avena. Convierte sus aventuras en novelas, camina entre rascacielos con un paraguas trasparente para no perder nunca la vista de lo que pasa arriba.

Podríamos seguir, pero el espacio aprieta. Como en mi narrativa de vida mando yo, así sin mucha transición ni cambio de pendiente mi protagonista se encuentra de un salto en el capítulo veinte, donde al mirar el reloj de su móvil se encuentra con una verdad sorprendente: son las doce de la noche del 28 de septiembre de 2020. Ese año se han cumplido muchos de sus grandes sueños, que me disculparéis que no comparta porque ya os dije que soy de pueblo y conservo con orgullo mis muchas supersticiones.

De aquí fundimos al negro. El resto es mío, a partir de ahora os hablo de cómo construir —y aún mejor, de para qué— vuestra propia historia.

 

¿Para qué escribir tu historia?

Esta historia de aquí arriba es mía. De nadie más. Esta historia es mía y solo mía. Yo la he vivido y la he escrito: yo la he pulido, la he masticado, la he procesado y reescrito hasta que acabó por encajar con la parte de mí que no se sentía reflejada en mis otras narrativas. No hay nada que sea estrictamente incierto en ella y tampoco nada que esté contado de manera literal. Esta es la manera que escojo de narrar mi vida. Pero hay otras mil posibilidades y solo tú puedes escoger la tuya.

La protagonista de mi propia historia aprende de sus errores, crece tras los desencuentros. Ayuda a otras personas porque siempre —siempre nunca es buena palabra en psicología; igual nunca no lo es tampoco— recuerda lo mucho que le debe al resto de los personajes que explícita o implícitamente influyeron en la dirección de su propio cuento. Para mi historia he elegido una protagonista activa y proactiva, que toma sus propias decisiones incluso cuando eso supone asumir la completa responsabilidad de las equivocaciones que ha cometido.

Como narradora, decido cuál es el siguiente capítulo que quiero escribir en mi vida. Ningún protagonista de ningún buen libro pasa del primer acto al último sin haber sufrido un proceso de transformación, sin haber hecho acopio de una serie de recursos que acaban por modificar su manera de enfrentar los nuevos eventos, su forma de responder a los nuevos reveses que siempre —cualquier buen narrador sabe sobre este siempre— acabará por traerle la vida.

La historia que nos contamos a nosotras mismas y al mundo define nuestra identidad, nuestras creencias de quiénes somos y de quiénes podemos ser.  El hecho de que yo me repita una y otra vez que por ciertos traumas en mi infancia tengo tendencia a ser de esta manera u otra; la idea de que algunas de mis limitaciones tienen una base genética y, por ende, inmutable. El creer que alguien como yo solo puede formar en el futuro parte de ciertos escenarios y no otros, gozar solo de cierta cantidad de éxito. Piénsalo. Ese proceso de reelaboración de la memoria es un proceso que todos sufrimos de manera consciente o inconsciente: todos masticamos, maquillamos, escondemos bajo la alfombra y pretendemos haber olvidado cuando en el fondo sabemos que no lo hemos hecho.

Los que escribimos ficción, lo sabemos: «El arte es una mentira que nos acerca a la verdad». No lo digo yo, es de Picasso.

También Pessoa lo expresó a su forma en uno de mis poemas favoritos del mundo mundial, que tiene por nombre Psicografía (qué nombre para esta entrada, ¿no?):

El poeta es un fingidor
que finge tan completamente
que hasta finge que es dolor
el dolor que de veras siente.

Y cuantos leen lo que escribe,
en el dolor leído sienten,
no los dolores que tuvo,
sino el que ellos no tienen.

Y así va por los raíles,
por engañar la razón,
ese trencito de cuerda
que se llama corazón.


El foco de nuestro trabajo personal debe siempre ser el HUECO:

Voy a explicarte lo que es el hueco. El hueco es ese espacio entre el yo presente y el yo ideal en el que el coaching siempre trabaja.
Ese hueco, esa interferencia entre lo de ahora y la posibilidad de lo de después es lo que el coaching persigue en sus objetivos. Hay múltiples maneras de abordar ese abismo, de minimizar esa interferencia y reducir el hueco entre quién eres y quién quieres ser, una de ellas es el uso de técnicas provenientes del coaching narrativo.

El uso de esta narrativa —los cuentos, la ficción propia— te invita a mirar tu vida con ojos de contadora de historias y descubrir cómo nuestras propias narrativas internas se despliegan ante nuestro futuro.

Sam Keen decía que cualquier proceso terapéutico debería de tener como objetivo implícito el «perder la identidad», y es de ahí de donde parte el proceso de reconstrucción que conlleva este trabajo:

  • ¿Cuál es el personaje principal que he construido?
  • ¿En qué trama narrativa estoy metida?
  • ¿De qué recursos dispone mi protagonista para superar los obstáculos con los que se encuentra en el capítulo presente?
  • ¿Cuáles son los patrones de repetición con los que se encuentra mi personaje en su vida?
  • ¿Qué narración inconsciente —qué pensamientos limitantes, qué creencia implícita— los sostiene?
«Aquello que todas las personas tienen en común es su originalidad. Cada persona tiene un cuento que contar. Eso es lo que hace a una persona y define su viaje a lo largo de su vida». Sam Keen

A través de la escritura de nuestra vida pasada, presente y futura, podemos:

  • Abrirle las puertas a nuestra capacidad de crear nuevas realidades
  • Reactualizar los mitos inconscientes sobre nuestra infancia y nuestra familia, sobre nuestros miedos más oscuros, sobre los nudos más complejos
  • Recuperar nuestra capacidad para ser observadoras: analizadoras de datos, científicas en busca de pruebas y evidencias para constatar nuestra propia epistemología
  • Dejar de sostenernos en una narrativa que nos justifique ante el mundo y ante nosotras
  • Explorar nuevas opciones y nuevas vías: probarnos una nueva piel con la que sentirnos más cómodas
  • Crear nuevas tramas que nos pongan en el camino de la felicidad y la posibilidad
  • Construir nuevas metáforas y nuevos cuentos que nos pongan en sintonía con aquello que tanto anhelamos

 

«El propósito es comprender que la perspectiva del protagonista deja a la vista oportunidades de acción que estaban ocultas» Kofman.

 

Los cuentos y  las metáforas se han usado desde siempre en contextos terapéuticos y filosóficos con el foco puesto tanto en el autodescubrimiento como en la oportunidad de cambio.

La narrativa de vida, que desde otras perspectivas de Psicología más moderna se ha venido a conceptualizar como los contenidos del yo, recoge una tradición milenaria de la que somos parte todos y cada uno de nosotros: Los humanos aprendemos con historias, siempre lo hemos hecho. Solíamos reunirnos alrededor del fuego hace algunos cientos de años; leemos cuentos a los niños en la cama para familiarizarlos con las moralejas, con la causa y el efecto, con comportamientos adecuados y los que no lo son tanto. Ya de adultos consumimos ficción —leemos, vemos películas, series; vamos al ballet y a la ópera, al teatro— y, a través de ella, interiorizamos el aprendizaje de nuevos modelos.


La propuesta: Compruébalo tú misma

Creemos que las cosas que nos sucedieron en el pasado se registraron en nuestra mente en forma de hechos objetivos de la vida, pero nada más lejos. La realidad es que lo que permanece en la memoria es una reinterpretación de aquello que ocurrió: con partes agrandadas, partes empequeñecidas y otras, directamente, borradas. Esta interpretación puede resignificarse con el tiempo ya que está en permanente construcción, y es a eso a lo que hoy te invito.

Raimond Carver dijo muchas cosas interesantes, y esta es una de ellas: Tu personaje no eres tú, pero tú sí eres tu personaje.

«Tu personaje no eres tú, pero tú sí eres tu personaje» Raimond Carver.

Te animo a que te tomes una mañana de un domingo y escribas tu historia pasada, presente y futura (sí, también futura) en dos partes:

La primera:

Trata de escribir tu historia desde que naciste tal y como tú la sientes. Presta especial atención a:

  • Los puntos de inflexión de tu propia historia
  • Los personajes principales que tienen importancia para el desarrollo de la acción
  • Los motivos que mueven la historia de un lugar a otro
  • Las consecuencias de ciertas acciones
  • Describe un futuro que resulte consecuente con la evolución presente de tu protagonista. Ese futuro debe estar en consonancia con los comportamientos de tu protagonista (si nunca has corrido media milla y tu protagonista no muestra interés en estas cosas, es poco plausible que tu protagonista acabe por participar en un triatlón). Piensa a donde llegará la protagonista si sigue recorriendo el camino presente.

La segunda:

Tu segunda historia debe partir de la realidad, pero te voy a pedir que la cuentes desde un punto de vista diferente. Si en tu primera historia fuiste la víctima de algunas de las circunstancias, prueba esta vez a reescribir ciertos pasajes de forma que recuperes cierto poder. Aquí, presta atención a:

  • Qué aprende tu protagonista tras los reveses de la vida
  • Qué recursos descubre que tiene para afrontarlos
  • Qué cambios hace que la lleven por nuevos caminos que desea
  • Qué se dice a sí misma cuando piensa que no hay salida
  • Su futuro debe recoger la materizalización de todo lo anterior: los logros deben estar en sintonía con sus valores, con su esfuerzo, con su capacidad emocional para aceptar las cosas buenas que le trae la vida. Este futuro es el resultado de haber movilizado ciertos recursos que ha empezado a identificar en el presente y que van a llevarla a convertirse en la heroína de su propia vida.

Una vez escritas ambas historias, estas son las cosas en las que te debes fijar:

  • ¿Cómo te sientes en relación con la protagonista de tu propia historia en el ejercicio número 1? ¿Te sientes de manera diferente con respecto a la segunda historia? Sé todo lo explícita que puedas en tu respuesta.
  • ¿Tu protagonista es víctima de sus circunstancias o tiene el poder de cambiar algunas cosas? ¿Es eso algo que cambia de la primera a la segunda historia?
  • Analiza todos los recursos que tiene tu protagonista en la primera historia y en la segunda a nivel social, intelectual. A nivel de experiencia vital, laboral, emocional. ¿Hace un uso diferente de esos recursos la protagonista de tu segunda historia?
  • Busca patrones: ¿hay ciertas emociones que predominan?, ¿conductas que se repiten?
  • Si es el caso, sígueles la pista. Traza la emoción o la conducta hacia atrás en el tiempo y reflexiona, ¿cuál fue el desencadenante? ¿qué hizo que comenzara; hubo algo que hizo que frenara?
  • Analiza el HUECO: ¿Cuál es la principal diferencia entre la protagonista de tu primera historia y la protagonista de tu segunda historia? ¿Qué tiene la segunda que no tiene la primera? ¿Qué recursos ha movilizado para conseguir ese futuro que no podría tener la protagonista de la primera?

Antes de acabar, vuelvo a Pessoa, ¿es que no volvemos siempre a él?:

«Somos cuentos de cuentos, contando cuentos, nada»  Fernando Pessoa.

De allí donde pones el foco de tu atención surgen tus creencias. Acuérdate, las creencias crean. Las creencias forman hábitos, y esos hábitos mueven tu historia en una dirección o en otra. Asegúrate de hacer bien conscientes tus creencias y estarás en mucha mejor posición de escribir con éxito el siguiente capítulo de tu propio cuento.

Cuando comenzamos hoy la entrada, te avisé de algo: la historia que hoy te iba a contar podía cambiarte la vida. Ahora ya lo sabes: esa historia puede ser la tuya y a través de ella puedes, literalmente, convertirte en la heroína de tu propia narrativa ante tus ojos y los del mundo.

Con amor,

MF

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