Me siento a escribir este post justo al llegar de mi supervisión. Los psicólogos en Inglaterra tenemos supervisión, y por aquello de que yo trabajo en diferentes campos, tengo la suerte de tener dos supervisores: uno que supervisa mi práctica como Psicoeducadora, y otro como Psicóloga Coach o Coaching Psychologist. Con ellos he aprendido que no siempre puede una ser más feliz en ciertas circunstancias, pero sí más libre. Hoy te lo explico.

Para que nos entendamos, la supervisión del psicólogo no es más que un requerimiento profesional por el que aceptamos que nuestra práctica sea revisada por un colega con más experiencia en nuestro campo del que nosotras tengamos. Hay ciertos requisitos que debe de cumplir un supervisor para poder serlo: tener cierto grado de experiencia y estar acreditado para supervisarte en el campo en el que específicamente desarrolles tu trabajo. La forma que toman estas sesiones varía en cada circunstancia: algunas supervisiones psicológicas son algo muy parecido a una terapia, otras algo mucho más educativo.

El tema funciona de la siguiente manera: Una llega a supervisión y presenta ciertas cosas que durante el mes le han supuesto un problema, cierto malestar que quizá algo con lo que trabajaste te puede haber causado; o quizá solo pide consejo acerca de cómo de creativa se puede ser a la hora de aplicar ciertas técnicas con ciertos clientes en mi práctica como Psicóloga Coach, y cómo hacerlo asegurando profesionalidad y poniendo límites en cada caso.

En España sigue sin ser obligatorio y tengo constancia de que son muchos los psicólogos que querrían que, como en otros países, lo fuera, pero la resistencia sigue ahí: es un proceso costoso y no siempre cómodo, ¿pero en qué clase de psicólogos nos convierte el creer que no hay nada que tengamos que trabajar por dentro? ¿El creer que, una vez colgado el título en la pared de nuestra oficina/nuestra consulta/nuestro comoquieranllamarlo ya sabemos la teoría y solo queda aplicarla como un libro de instrucciones?

Debates aparte, no es eso de lo que vengo a hablaros. Os contaba que con mis dos supervisores he aprendido muchas cosas, pero fundamentalmente las reuniones con ellos me han hecho darme cuenta de que tras una sesión, como ocurriría con los clientes que acuden a nosotros, no siempre soy más feliz —al menos no instantáneamente—, pero sí más libre.

No sé si habéis oído alguna vez hablar de la ventana de Johari. Yo llevo años enseñándosela a mis alumnas en psicoeducación y a mis clientas de coaching psicológico, e igual hay modelos más sofisticados, pero este sigue explicando a la perfección lo que quiero contaros.

La ventana de Johari es una herramienta de psicología cognitiva creada por los psicólogos Joseph Luft y Harry Ingham. Se trata de una herramienta muy útil para el análisis de uno mismo, un sencillo modelo que ayuda a comprender la forma en que procesamos la información y cómo varía la percepción que tenemos de nosotros mismos y de los demás.

Consciente de no querer extenderme mucho, el modelo explica con cuatro simples cuadrantes o habitaciones cómo todos tenemos zonas que son ciegas a nosotros mismos y a los demás, y zonas conocidas por nosotros y por los otros.

Este modelo ha tenido aplicaciones en muchas y muy diferentes áreas, pero hoy lo traigo a colación para ilustrar cómo todas tenemos áreas desconocidas incluso para nosotras mismas, incluidos los psicólogos. Ese área aumenta o disminuye su tamaño en función del trabajo de conexión que ya hayas hecho contigo, del camino que ya hayas recorrido o los bloqueos que te hayan impedido avanzar con ese trabajo. Todo esto impacta no solo en tu relación contigo mismo, sino que también lo hace inevitablemente en tu relación con los otros. Valga la pena decir algo que todas compartimos, y es la creencia de que nos conocemos mejor de lo que en realidad lo hacemos. Una no puede ser consciente de lo que no es consciente, de ahí que se necesiten más de un par de ojos.

«No vemos las cosas como son, sino como somos» Anaïs Nin

Trabajar con una psicóloga coach o, en nuestro caso, con un supervisor, supone aumentar por dos ese par de ojos. Una mujer más consciente no es necesariamente una mujer más feliz —mirar hacia adentro no es siempre cómodo, a menudo no es agradable, es doloroso—, pero te hace, como arriba adelanté, más libre: por definición, para actuar libremente, para hacer verdadero ejercicio de la voluntad, una debe ser consciente de sus propios actos. Vivir con autenticidad, tomar decisiones con coherencia y caminar en la dirección de aquella que queremos ser supone entender la base de la que partimos, aquella que ya somos.

Hegel dijo que la historia es el progreso de la conciencia de la libertad —qué frase, ¿no?—, y como suele ser el caso, aquello que es aplicable a gran escala también lo es al mismísimo individuo: en tu mano está el tomar conciencia de ese progreso, pues es ahí donde estriba tu capacidad para ser libre.

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Con amor,

MF