Hablemos de cómo mejorar tu relación contigo misma, de cómo hablarte a ti misma de manera que sea tu mejor amiga la que habla y no esa extraña que a veces parece que se te ha colado dentro.

Pasa. Esta entrada trata sobre todas las cosas que te dijiste y no debías, sobre todas que debiste decirte y aún no te atreves, y sobre todas las que a partir de ahora te dirás.

La de veces que habré escuchado a mi madre decir que el carné de conducir debería de ser una asignatura obligatoria que aprendiésemos en el curso de nuestra etapa del colegio. Ella argumenta que algo tan importante como lo es la independencia de disponer de tu propio vehículo para que te lleve y traiga no debería relegarse a la categoría de accesorio, o peor aún, de lujo al alcance de solo aquellos que puedan costearlo.

Nada que objetar.

Mi madre lleva razón en esa y en muchas cosas, pero estaréis de acuerdo conmigo en que el debate abre una veda: la de todo aquello que debería ser parte de la enseñanza reglada. Si el carné de conducir debería ser impartido con cierta obligatoriedad, hay muchas otras cosas que podrían/deberían formar parte del currículum de un alumno y que a día de hoy no lo hacen.

Cada uno aquí dirá una cosa. Clases de cocina, por ejemplo, ¿es que hay algo más importante para la supervivencia? Devolver las lenguas clásicas al estatus que se merecen. La música, dirán otros. Todo importantísimo.

Pero nada tan importante, nada es ni de lejos tan útil, como enseñarnos a utilizar nuestro cerebro y con él esa vocecita que a veces suena tan alto. Eso sí que debería ocupar sus horas de rigor en la escuela, y después en el instituto, para seguir como troncal en cada universidad de cada estado.

Teoría y práctica de la mente: esa asignatura que debería ser obligatoria en todos los colegios

Nacemos y nadie nos dice para qué sirve esa bola gigante que tenemos sobre los hombros. A las mujeres se nos anima a cuidarla de la mejor de las maneras: colorete, pintura de labios. A los chicos tampoco se le dan más instrucciones que las básicas: no llores, si no te pasa nada, no te quejes tanto.

Nadie nos enseña qué es el cerebro, cómo se comporta la mente y por qué al crecer nos hace sufrir tanto. Nadie nos explica por qué cualquier cosa hace que la amígdala se encienda y con ella todo un sistema que produce sobresalto. Nadie nos cuenta que tomando el control de nuestra corteza prefrontal  podemos reducir nuestra ansiedad, cuando para algunas reducir la ansiedad supondría la diferencia entre una vida miserable y la libertad más ansiada.

Este blog no es más que un granito de arena en este enorme desierto, así que no seré yo la que os enseñe a tomar las riendas de esa bola gigante que os cuelga sobre los hombros (no dispongo de varitas ni me gustan los cuentos chinos ni un poco).

Lo que sí que puedo es explicaros algo con lo que empezar, algo que quizá pueda ayudaros a cambiar la relación con vosotras conforme lo vayáis practicando. Y digo practicando, porque muy a mi pesar la lectura sola no produce ni producirá ciertos resultados.

La compasión no te hace débil, sino lo contrario

Pienso que todo parte de una falacia muy extendida en estos tiempos de Trump: la compasión nos hace débiles, cuando la historia bien demuestra que no tiene por qué ser así: Nelson Mandela, la Madre Teresa o Gandhi son buenos ejemplos de que la compasión hacia uno mismo o hacia otros puede hacernos más fuertes.

Esta falacia de la que os hablo es como una matriz enredada y pringosa sobre la que lo hemos construido todo. Ella también es la responsable de que entendamos que somos responsables no solo de lo que hacemos, sino también de lo que pensamos (ay, ¡si alguien nos hubiese educado en cómo funciona nuestra mente!), y sus tentáculos llegan a las zonas más insospechadas: acabamos convencidos de que solo merece compasión aquel que no ha obrado mal.

Si partimos de la base de que solo podemos ser compasivas con nosotras mismas cuando, bajo nuestro sistema de creencias y nuestras reglas, nos hemos comportado de la manera en que debíamos, dejamos poco lugar para una relación sana —y justa— con nosotras y con las otras. Podríamos discutir largo rato sobre qué es obrar bien y obrar mal, pero eso es harina de otro costal.

Vamos a lo que vamos. De manera que nos sentimos culpables por obrar mal (también por pensar mal, ya que nuestra mente también nos ha convencido de que también somos responsables de esto), y entonces nos castigamos, porque ya hemos dicho que la compasión solo la dejamos para aquellos que la merecen, y la falacia sobre la que hemos construido todo nuestro sistema de creencias nos recuerda que nosotras no pertenecemos a este grupo. Así que nos culpamos.

La culpa es poderosa, pero la compasión aún lo es más

No olvidemos que la culpa es poderosa. De ahí los diez mandamientos y una larguísima tradición de reglas sustentadas sobre un sistema moral que han funcionado a las mil maravillas para socializar a una sociedad más salvaje que la nuestra (sí, aún más).

Los estudios indican que la culpa correlaciona positivamente con el cambio de conducta; no es así, por ejemplo, con la vergüenza. Pero la culpa es poderosa. Nuestros padres lo sabían al educarnos, y los suyos también lo supieron.

Y ahora, nuestra tarea, es que nosotras tratemos, al menos en parte, de olvidarlo. O mejor aún: que aprendamos a vivir conociendo este defecto que nuestra mente trae de fábrica. La compasión no nos hace débiles. La compasión es un arma poderosísima con la que construir una nueva madeja con posibilidad de impregnarlo todo.

Internaliza a tu mejor amiga

Cuando comenzó la entrada os dije que hablaríamos de cómo mejorar tu relación contigo misma, de cómo hablarte a ti misma de manera que fuese tu mejor amiga la que habla y no esa extraña que a veces parece que se te ha colado dentro. Porque seamos sinceras aquí: a veces nuestro diálogo interno da miedo.

Y a lo mejor no vas a cambiar esto de un día a otro. No quiero que entres en disputa con lo que te dice tu mente, es una lucha infructuosa y que además no hará más que reforzar esa voz insidiosa de la que queremos desapegarnos.

La idea es mucho más simple que esa: internaliza a tu mejor amiga. Cuando te sientas mal, háblate como lo haría ella, dite esas cosas que ella te dice cuando estás pasando por un mal trago. Y deja que tu mente te siga diciendo las cosas que te va a seguir diciendo.

Me explico. El cerebro funciona por adición más que por cambio. No existe el botón de olvido, de desaprendizaje, sino que todo lo que podemos hacer es añadir material nuevo sobre el antiguo, y trabajarlo con suficiente fuerza y tesón para que acabe por convertirse en hábito.

El hábito de la compasión por nosotras y por las demás puede instaurarse. Un mundo con más mejores amigas es un mundo con menos Trumps, ahí estamos todas de acuerdo. Y ese es un cambio suficientemente importante.

 

Con amor,

MF

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