Mi padre era un pozo de conocimiento sin fondo. Repetía una y otra vez los mismos chistes y abusaba del refranero español para crear atajos. Pero la teoría del punto gordo era la culminación perfecta para una carrera de pronósticos y aciertos.

Para los que nunca hayan escuchado hablar sobre la teoría del punto gordo, les diré que no, no la inventó mi padre. Aunque podría.

La teoría del punto gordo dice que dos rectas, sean o no paralelas, acaban siempre por cortarse en un punto si este punto es lo suficientemente gordo.

Aquello lo repetía mi padre hasta perder la gracia, pero no ha sido hasta hace unos días que entendí de veras lo que nos quería decir con eso.

Veintiséis años con él

Hablo poco de mi padre, pero os diré que mi padre lo sabía todo. A menudo parafraseaba a Churchill —de niña yo los imaginaba parecidos, aún percibo la transferencia— y nos contaba historias sobre la segunda guerra mundial.

Veíamos documentales juntos y ganaba siempre al dominó. Me recomendaba libros de Freud, nos reñía por quitarle los lápices de su estudio y tenía conversación hasta que acabásemos aburridos. También sabía ser tierno, mostraba curiosidad por las cosas más absurdas, como también la muestro yo, y le gustaba responder a lo mejor cuando tratábamos de adivinar nuestro regalo del amigo invisible el día de Nochebuena, que siempre fue y ha seguido siendo el día grande en casa.

Estas son algunas de las cosas que se me vienen a la cabeza cuando trato de resumir los veintiséis años que pasamos juntos, y de todas ellas, de todas todas, la más importante que se me ocurre hoy es la teoría del punto gordo.

Es curiosa la vida. Una escucha una y mil veces las mismas palabras sin que tengan más sentido, y de repente un día hacen clic. Pese a lo que una espera, la relación con un padre sigue en constante evolución tras la muerte: nadie te cuenta eso del duelo. Nadie te anticipa que las piezas seguirán flotando en el aire, que el viento las seguirá moviendo y que a veces se separarán y otras, cuando menos te lo esperes, volverán a juntarse.

Pero eso justo ha ocurrido hoy mientras me duchaba de tarde. La teoría del punto gordo, de la que tanto y tanto habló mi padre, ha hecho clic mientras me lavaba el pelo. Así de extraña es la vida y la muerte, así de poco glamurosa y de cotidiana es la evolución de la muerte tras la vida y de la vida tras la muerte.

Narrativa y teoría del punto gordo

Ya hemos hablado suficiente de mí, así que vamos a hablar de ti un poco.

Voy a pedirte que mires atrás y definas esos 10 momentos, esos 10 puntos en tu camino que le cambiaron el color a todo e hicieron de tu historia la que ahora es. Para que entiendas a lo que me refiero, colaboro con algunos ejemplos propios:

1.

2. (Cuando escribí la primera hoja de mi primer diario a los 6 añitos)

3.

4.

5. (Cuando mi profesora de lengua me congratuló delante de toda la clase por el resumen que hice de un texto)

6.

7. (Cuando conocí a mi marido)

8.

9. (Cuando me mudé a Londres)

10.

Ahora imagina la línea que pasa por esos 10 puntos: esa línea que pasa por encima de tus puntos es tu identidad, es la imagen que tienes de ti y lo que ha sido tu vida. Es lo que te define, lo que hace que tú seas tú y no otra: tu identidad es lo que une todos tus puntos.

Al encender estos 10 puntos más que otros 10 (que has decidido mantener en la sombra), has tomado la decisión de ser más una persona y menos otra, has decidido que ciertos eventos tengan más impacto en tu presente que otros.

Hay mil cosas más que te definen, hasta ahí estamos de acuerdo, pero la elección de estos 10 momentos da forma a tu narrativa de vida: construye tu historia y lo que piensas de ti misma, lo que le ofreces al mundo, las posibilidades que se te despliegan, las puertas cerradas que puedes tener delante y que puedes no haber visto.

Estos 10 puntos son importantes porque la realidad es que su relevancia frente a los otros solo existe en tu mente. Podrías haber escogido cualquiera de los millones de momentos que han compuesto tu vida hasta el día de hoy, en el fondo es imposible que sepas exactamente qué puerta abrió cuál; sin embargo, la elección de esos 10 te obliga a ser un tipo de persona y menos otras para las que esa elección no deja espacio.

Os contaba que la teoría del punto gordo decía que dos rectas, sean o no paralelas, acaban siempre por cortarse en un punto si este punto es lo suficientemente gordo.

Pero mi padre no contaba la teoría exactamente así. Lo que él decía es que cuanto más gordo era el punto, más líneas pasaban inevitablemente por él, o lo que viene a ser lo mismo: más inevitable es que por él pase una línea. Un punto muy delgado al que cruzase una línea tendría que atribuir la coincidencia al azar y a la suerte. Así, de querer que una línea pasase inevitablemente por él, no habría otra forma de aumentar las probabilidades que la de engrosar el punto.

Algunos puntos los eliges; otros, por suerte y por desgracia, te tocan sin que medie voluntad alguna. Hablo de tus puntos del pasado, pero sobre todo hablo de cómo te relacionas con esos puntos en el presente, de manera que te afecta tu inclinación futura a unas cosas más que a otras: a ser más una y no otra, a hacer más unas cosas y no otras.

Hoy nos recuerdo la importancia de trabajar en darle color y forma solo a ciertos puntos, pero también la importancia de no hacer lo contrario: de no invertir energía y recursos en los puntos por los que no queremos que pasen líneas; de no engrosar las historias que no nos convienen, no alimentar las relaciones que no nos traen lo que merecemos a nuestras vidas.

Mi padre lo sabía todo, ya os lo dije más arriba, y desde allí donde esté, pienso que hoy nos manda este recordatorio: Cuanto más gordo es el punto, más probabilidades tiene de que lo cruce una línea.

Con amor,

MF.

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